Homenaje a Gustav Klimt El nuevo Atmos Marqueterie se inspira en La Espera

24/01/2013

El quinto opus de la serie de penduletas Atmos creadas en homenaje a Gustav Klimt se inspira en el fresco mural La Espera, realizado por el artista austríaco en 1905 para decorar un palacio en Bruselas, propiedad del industrial Adolph Stoclet. El mosaico original compuesto por mármol y piedras de color fue reconstituido fielmente con un minucioso trabajo de marquetería que cubre el gabinete de cristal. Esta pieza excepcional, que será producida únicamente en edición limitada a diez ejemplares, conjuga el saber hacer de los oficios artísticos cultivados por la Manufactura con la fascinación que ejerce el péndulo Atmos. Este mecanismo, que funciona de manera aparentemente misteriosa, desde hace 80 años encarna una de las tentativas más sorprendentes y logradas de crear el movimiento perpetuo.

Una obra de arte de marquetería
Desde 2008, Jaeger-LeCoultre rinde homenaje a Gustav Klimt, quien marcó profundamente el Art Nouveau, la corriente artística que elogió la libertad pretendiendo la liberación de la belleza de las cortapisas del clasicismo académico. Esta decisión, formidablemente manifiesta en la obra del artista austriaco, hace que estas creaciones resulten tan fascinantes en 2013 como a principios de siglo XX. A todas luces, el talento de uno de los pocos maestros en el arte de la marquetería que ha recibido el título de Mejor obrero de Francia resultó indispensable para encomendarle la transposición en marquetería de una obra como esta, reproduciendo los matices del fresco mediante más de 1400 piezas de madera minuciosamente elaboradas. Proceden de 35 esencias preciosas cuya sucesión de nombres es, por sí misma, una invitación única a viajar: boj camassari, palo amarillo, boj de los Andes, limonero de Ceylan, raíz de madrona, madera de tulipanero, nogal, raíz de Amboan… Cada pieza revela un mundo en miniatura, integrándose en una visión de conjunto fielmente inspirada en la pieza original. Para terminar esta obra maestra fueron necesarias cientos de horas de trabajo. Este objeto, que luce absolutamente espléndido sobre un mueble o una consola, atesora una sorpresa disimulada en su decoración. Se trata de un botón, cuya activación separa las paredes del gabinete de madera para dejar entrever un péndulo que oscila con un movimiento aéreo protegido por un gabinete de cristal.

Otro prodigio, el péndulo Atmos, se desvela a las miradas con su misterioso mecanismo cuyas ruedas pivotan con una majestuosa lentitud. Su rostro, de tipo regulador, comprende una gran esfera para los minutos recubierta de nácar, cuyos puntos de referencia que se suceden cada cinco minutos están compuestos por madera petrificada, excepto el de 60 minutos, que está constituido por un zafiro amarillo de talla cojín. En la vuelta de horas, más pequeña, los índices también están confeccionados en madera petrificada. En la parte inferior, un estrecho círculo conlleva la escala de las 24 horas mientras que la indicación de los meses aparece sobre la circunferencia de la zona reservada a las fases de la luna. En un firmamento en el que las estrellas resplandecen con el destello de los diamantes, el astro de la noche está diseñado en color oro sobre un fondo de madera petrificada. Así, el hechizo de la marquetería se refleja en los materiales empleados para ornamentar el rostro del péndulo. A pesar de que el perfecto dominio de los Oficios Exclusivos e Inauditos minuciosamente cultivados por la Manufactura es realmente impresionante, ésta no deja de lado las proezas relojeras ilustradas por el mecanismo del péndulo Atmos.

Tras haber intentado vanamente descubrir el misterio del Atmos, no queda más que cerrar el gabinete de marquetería para sumergirse una vez más en el universo de La Espera. De manera ingeniosa, esta acción arma el mecanismo de muelle que permitirá la próxima apertura.

Un mecanismo exento de tiempo
Llegado a este punto, el lector apreciará, sin lugar a dudas, una breve explicación teórica que expone el secreto del calibre 582 de Jaeger-LeCoultre, ecológico antes de tiempo. Desarrollado hace 80 años y continuamente perfeccionado desde entonces, el mecanismo del Atmos se basa en una construcción que aún hoy sigue siendo revolucionaria, pues las variaciones de temperatura bastan para proporcionar la energía requerida por el movimiento. La dosis es sutil y un solo grado de diferencia entre 15° y 30° basta para garantizarle al péndulo Atmos una autonomía de marcha de 48 horas. A pesar de que este fenómeno subyuga, su explicación es simple, igual que la de todos los inventos geniales: el palpitante corazón del sistema está constituido por una mezcla de gas contenido en una cápsula, que se dilata o se contrae en función de las variaciones térmicas, del mismo modo que el fuelle de un acordeón. Cada uno de sus movimientos aprovisiona de energía a un muelle motor que distribuye su fuerza a un mecanismo relojero extremadamente parsimonioso, cuyo volante sólo describe dos oscilaciones por minuto, es decir, aproximadamente 150 veces menos que la frecuencia habitual de un reloj
de pulsera.

Así, el Atmos burla el paso del tiempo. Su principio mecánico, que encarna un extraordinario enfoque técnico y poético del movimiento perpetuo, vive tanto de la alternancia del calor diurno y de la frescura nocturna como del ritmo de las estaciones. A pesar de –o precisamente gracias a- su simplicidad asociada a uno de los más nobles Oficios Exclusivos e Inauditos, este mecanismo sigue siendo un enigma. Paradoja en sí, el Amos es el regalo tradicionalmente ofrecido a los grandes de este mundo por la Confederación Helvética. Animado por su movimiento casi perpetuo, les recuerda imperturbablemente que sólo la historia juzgará sus actos. Al igual que la obra de Gustav Klimt, el Atmos también pertenece al patrimonio cultural de la humanidad.